Jardín

Los niños pequeños se entregan totalmente a su entorno físico; absorben el mundo sobre todo a través de sus sentidos y responden con el modo más activo de aprendizaje y conocimiento: la imitación. La imitación es la capacidad de identificarse con el entorno a través de la voluntad activa. Todo le habla al niño a través del tono de voz, el contacto físico, los gestos corporales, la luz, la oscuridad, el color, la armonía, y la desarmonía. Estas influencias son absorbidas por el organismo, todavía muy maleable, y lo afectan para toda la vida. Adultos que actúan con cariño, aulas diseñadas con amor, cuentos de hadas, danzas en ronda, teatrillos, etc. proporcionan a los niños el cobijo y el estado de seguridad que necesitan para desplegar su ser.

El entorno ha de ofrecer al niño amplias oportunidades para la imitación plena de sentido y para el juego creativo. Esto apoya al niño en la actividad central de estos primeros años: el desarrollo de su organismo físico. Desviar las energías del niño de esta tarea fundamental para atender exigencias intelectuales prematuras le roba al niño la salud y vitalidad para su vida posterior. En últimas, debilita las mismas capacidades de juicio e inteligencia práctica que se quiere fomentar.

En el jardín de infantes el niño despliega, a través del juego la fuerza de la imaginación, condición para toda actividad creativa en la vida. Los juguetes en los jardines Waldorf están hechos de materiales naturales que estimulan los sentidos, son “reales” y están concebidos de tal manera que no tienen una forma completa, dando cabida a la fantasía y la propia imaginación del niño. Cuanto más simple sea un juguete, más diverso será su uso: un vellón de lana puede ser una oveja, un conejo, o nieve.

Los niños jugando imitan el mundo de los adultos: construyen casas a partir de telas de colores y bastidores de madera; se disfrazan y se vuelven madres y padres, reyes y reinas. Con canciones, cuentos, poemas y rondas aprenden a disfrutar de un lenguaje rico y diferenciado, y acompañan los ritmos del día, la semana, y los cambios de estaciones del año.

En un entorno hogareño, los niños imitan a las maestras en sus actividades y cultivan quehaceres útiles: cocinan, hacen pan y preparan ensaladas de frutas para una merienda sana, cultivan la huerta, hacen manualidades, pintan, dibujan y modelan, lavan y ponen las cosas en su lugar. Así experimentan el sentido del trabajo humano y lo recrean. Involucrarse totalmente en este tipo de actividades es la mejor preparación del niño para la vida. Desarrolla las capacidades de concentración, el interés, y el amor por aprender.

“El QUÉ, en la educación, aparece por las necesidades sociales, que deben ser captadas con verdadero interés en cuanto a lo que la persona debe saber y poder para ser un individuo capaz en su tiempo. Pero el CÓMO, cómo transmitirles algo a los niños, eso se encuentra sólo a partir de un profundo y detallado conocimiento del ser humano”